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 - Atalaya -



 

 

El 17 de Octubre: luego del aniversario

Por José Antonio Riesco

Instituto de Teoría del Estado

Este año los festejos mostraron una pluralidad de peronismos, en parte como una recordación sincera y de otra midiendo las fuerzas en busca de un posicionamiento de dirigentes que miran hacia los comicios de 1919. Todo legítimo y que seguramente va a requerir una mirada más realista cuando se trate de calibrar dirigentes y no meros pretendientes. Sería un buen modo de no plagiar a la partidocracia anterior a 1943.Lo que no será fácil, hoy en este país cualquier gato se siente “rey de la selva”.

Vale, empero, atender con cierta objetividad sobre un acontecimiento (1945) que dio forma a un cambio socio-político que no fue “por pocas horas”, como soñó la vieja clase política; esa que con sus mismas virtudes, vicios e ingenuidades volvió al poder una década más tarde (1955); y que, una vez  expulsado el “tirano prófugo”, realizó un  acto de festejo al que asistió una multitud impresionante  (casi toda clase media y alta). Fue una enorme masa que aplaudió delirante la inauguración de un nuevo gran ciclo de la política argentina.

La diferencia estuvo, entre una fecha y otra, en que el 17 de octubre de 1945 las Fuerzas Amadas ratificaron a pleno su decisión de marcar el presente y el futuro de la nación con un coronel en la Presidencia y con mucho poder en sus manos. Nadie podría, a esta altura, ignorar las acciones del poder militar en el surgimiento y afirma ción de esa su “opera magna”.

Tanto que en el nuevo régimen el estilo cuartelero del mando fue impreso sin tapujos y largamente por el flamante comandante en jefe de la República. Tampoco ignorar el mérito de haber despertado los valores nacionales en las bases sociales; y esto sin  olvidar en ellas la emergencia de un tipo especial de conciencia social, ardiente y sólo a medias republicana.

Lo de 1955 fue diferente, pese al entusiasmo con que la multitud democrática aclamó la caída de Perón y el resurgir a pleno del sistema constitucional. En la tribuna brillaron oradores de calidad imponderable: Ernesto Sanmartino, José Antonio Allende, Alfredo Palacios y otros. Siempre será oportuno recordar la frase que, entonces, como una advertencia, lanzó el cordobés Aguirre Cámara: “Los pueblos no reculan..!” Pese a lo cual, la dirigencia de los partidos en verdad inauguró un “reñidero de gallos”, conven cidos de que lo del peronismo había sido una tormenta de verano y que todo consistía en baldear el patio y restablecer el escenario político anterior al 4 de junio de 1943. O sea, demostraron que “no habían olvidado nada ni aprendido nada”; un diploma que, también, un sector relevante de la dirigencia peronista, suele  llevar en el pecho.

Así se inauguró el largo y costoso proceso donde naufragó todo proyecto de conviven cia y cualquier empeño de sacar el país de la fosa. A los peronistas los arreglaron con proscripciones y fusilamientos. No les aplicaron la Constitución, para obligarlos a vivir y actuar como algo mejor que un malón; pero poco y nada hicieron para impedir que, desde lejanas tierras, llegaran reiterada “órdenes” para “no dejar gobernar a nadie”. El decurso consumió todo intento de algo mejor; por caso el programa de “integración y desarrollo” de Arturo Frondizi, incluso el “planeamiento autoritario” de J. C. Onganía.

Semejante itinerario de frustraciones –largos años en que nadie pudo gobernar-- culminó hacia 1973 cuando las crisis institucionales, la anarquía de partidismos e ideologías, la decadencia profunda del sistema político, o sea el proceso de aniquila miento progresivo de la República, tuvo cría. El “modelo cubano” o algo parecido, se  convirtió en la bandera de la mal llamada generación revolucionaria. Al traste dieron con los viejos ideales democráticos y, también, con los que se habían plantado el 17 de octubre.

Más que auténticamente revolucionaria fue una generación desprovista de fe en las instituciones cuya vigencia no había conocido ni gozado y sobre esa especie de depresión psico-política se lanzó la jauría de izquierdosos para inocularle la droga ideológica. Una que contradecía lo fundamental de la estructura nacional, pero que sirvió para sembrar odio y activar la violencia. De paso, con víctimas de ambos lados.

Entonces la dialéctica, natural en una democracia, se transfiguró en el choque de “montoneros vs. las 3A”, con lo cual las guerrillas pasaron a llamarse “juventudes maravillosas”  o “jóvenes idealistas”. Para condimentar el sangriento experimento las sotanas del “tercermundismo” se abrazaron con los apetitos de poder de numerosos vejetes, carcomidos por los años y el resentimiento. Para unos y otros, de premio, sona ron los insultos insolentes y crueles del 1º de mayo de 1974. A renglón seguido parieron los brujos, y a todos, no sólo a los subversivos, les tocó aguantar una dictadura liderada por quienes –sobre el origen y causas del experimento guerrillero-- tampoco habían entendido nada ni aprendido nada.

Sin perjuicio de lo dicho desde el 17 de octubre de 1945 el país creció: industrias, escuelas, obras públicas, leyes sociales, derechos políticos de la mujer, Instituto Balseiro, etc. Con sus más y sus menos en el ciclo fundador de esa nueva política, a Perón no se le ocurrió renegar de la trayectoria nacional heredada. Acaso como simbólico, al elegir los nombres de los ferrocarriles estatizados, fue acorde a esa línea: Belgrano, Urquiza, Mitre y Roca.
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       Política: La era de la distracción

Por José Antonio Riesco

-“La atención es exigida a pleno cuando en una audiencia oral, en los tribunales de Justicia, tanto el defensor como el fiscal necesitan registrar todos los elementos de juicio que surgen de los dichos del acusado y de los testigos, con más el informe de los peritos”. (José C. Grimaux, jurista)
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¿Puede ser buen político un ciudadano que no atina a concentrar su atención con la debida eficiencia..? Esto me preguntó el alumno Sebastián Navarro con su habitual agudeza y picardía cuando en una clase-debate nos ocupábamos del tema de “la percepción” como capítulo de la Psicología Política. A la vez se plegaron otros estudiantes (dos chicas y dos  muchachos) algunos diciendo que sí y otros que no.

Con el paso del tiempo no olvidé aquella circunstancia, pero se actualizó el interés del asunto cuando leí en “La Nación (14.7.2016) una colaboración titulada “La atención: un recurso con capacidades limitadas” del doctor Facundo Manes, neurólogo argentino de alto prestigio. En la nota, que hoy me permito comentar, no hay en la misma un tratamiento “político” del tema, sino el propio del especialista y con una lúcida incursión en los efectos de la actual informática. Esto con impacto sobre las personas, la educación y el auge de los “mensajes electrónicos”. Pero de las opiniones allí vertidas –como un impulso no directo pero sí provocativo-- no deja de surgir un mensaje que la Psicología Política recoge y aprovecha.

El político es alguien  que, por vocación y por oficio, se vincula existencialmente a la realidad social y, de un modo u otro, tiene protagonismo en los conflictos en que se resuelve “quien manda en el agrupamiento que lo contiene, y a la vez para qué lo hace y porqué.” Lo cual implica que su aferramiento psicológico a ese campo le requiere disponer de los elementos pertinentes para procesarlos y elaborar decisiones. A eso sirve, inicialmente, la atención.

“-La atención –dice el Dr. Manes-- es un proceso cognitivo clave para llevar a cabo día a día nuestras acciones y también para el ejercicio de funciones mentales superiores como, por ejemplo, la memoria. La atención nos permite acceder al mundo que nos rodea en tanto se encarga de filtrar las señales del ambiente, amplificar las que son importantes y, al mismo tiempo, suprimir aquellas irrelevantes.”

O sea, este autor distingue entre el rol de facilitación y de inhibición que cumple la atención, “amplificando las señales del ambiente” cuando se trata de “las que son importantes” y “al mismo tiempo suprimiendo aquellas irrelevantes”. Con lo cual, concluye, “la atención es un recurso con capacidades limitadas; cuando estamos frente a dos fuentes de información complejas, la eficiencia de una decae frente a la otra,”

Desde otro ángulo, el llamado propio de la Psicología Política, dicha  diferenciación constituye un estímulo para que al fenómeno atencional se lo vea, ahora, en la situación de un político en acción, cuya dinámica, en muchos casos, surge de experiencias competitivas y, con ello, de conflictos.

Esto último, nos parece, se genera cuando la atención se dirige a un campo de niveles cambiantes en cuanto a lo que provee, a veces en poco tiempo, entre lo importante y lo irrelevante, según la evolución de las condiciones.  La buena regla (lo habitual) está, sin dudas, en lo dicho por el Dr. Manes, y –a manera de excepción o contraste, nos parece -- los cambios se dan cuando el actor (los actores) se produce en acción. Lo importante en el tiempo A se torna irrelevante en el B y recíprocamente. Salvo en los estados de reposo, la acción política es un “va y viene” entre actor y competidores, y pone a prueba la idoneidad de la atención.

El Dr. Manes avanza con una significativa advertencia: “¿Los dispositivos digitales y las redes informáticas están debilitando nuestra atención..? Tenemos cada vez menos capacidad de mantenernos enfocados en una tarea..? Tanto que algunos estudiosos se animan a llamar a esta época como la era de la distracción”.

Se refiere, claro está, al “constante bombardeo” que el sujeto recibe de los medios electrónicos aplicados (mensajes, t.v., internet, smartphones, noticias instantáneas, redes sociales, etc.) Para quien se interese por la marcha del proceso político, en carácter de protagonista o simplemente de un ciudadano comprometido con la significación de esa problemática, no es fácil actuar (conducta, participación, opiniones). Sobre la atención humana el “bombardeo” informático cobra su precio. No suele ser barato.

La “era de la distracción” como la llamó el Dr. Manes, en su colaboración periodística de plena actualidad, presenta un grado mayor de deterioro para “la atención” en tanto puerta de entrada a la elaboración “perceptiva” en la relación del sujeto con el ambiente. Me refiero a la complejidad de las noticias políticas, no sólo por su abundancia sino en especial, además, por la gran cantidad de chismes y versiones domésticas que las acompañan. Sin dejar de lado los vínculos que se agregan entre los acontecimientos de alta significación política con las novedades e incidentes de la farándula.

Algunos de los efectos psicológicos de este fenómeno que liga a la política con el “bombardeo “ de los mensajes que saturan la atención de sus actores, por vía de los medios electrónicos, sin descartar los tradicionales, puede que lleguen al consultorio del terapeuta.  Sin perjuicio de ello nos parece positivo que la neurología se preocupe por dicha problemática social. Es que los efectos de la presión informática tienen al cerebro humano (a sistema nervioso..!) por estación de llegada o de tránsito.  Cómo generan consecuencias para la vida social..?.—
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