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 - Atalaya -



 

 

Córdoba: los valores humanos en la brega política

Por José Antonio Riesco

No se me ocurre que en la política sea plenamente válido aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” (Jorge Manrique). Pero tampoco es justo pasar al olvido los escenarios y los actores que, en otra etapa de la vida institucional, la llenaron de vitalidad –de pleitos y convivencia, de conflictos y acuerdos, de ideales y pragmatis mos--, porque es en esa dinámica por donde hay que buscar elementos para entender y explicar a la Política.
Esto motiva mis nociones del tema actualizando lo que viví y aprendí en los años 50 del pasado siglo XX, cuando muy jóvenes éramos actores, en y desde Córdoba, de un proceso más amplio pero que, localmente, reproducía las grandezas y las pasiones propias del orden nacional. Recordar esa etapa lo justifico al enterarme del falleci miento de Jorge Carranza Torres, activo dirigente joven del Partido Demócrata en los años 50. Una agrupación cívica que había participado con grandes méritos en la cons trucción de esta legendaria comunidad.

En el haber de “la Docta” hubo grandes estadistas conservadores: Juárez Celman, Figuera Alcorta, Ramón J. Cárcano, Rafael Núñez, Emilio Olmos, y admirables legisla dores como Rodríguez de la Torre, Benjamín Palacio, José Aguirre Cámara, José Anto nio Mercado, Esteban Gorriti y otros. Eran días de una dirigencia de grandes méritos. También en el Radicalismo con Carlos J. Rodríguez, Arturo Illia, Amadeo Sabattini, Santiago del Castillo, Ernesto Aracena, Pedro Sorrentino. Y destaco la calidad de go  bernantes como Arturo Zanichelli, Horacio López Ballesteros, Angel Viqueira, Eduardo Bordones, Héctor J. Panzeri y Marcelo Torres,  en el MID. Sin olvidar a Arturo Orgaz, P. Garzón Maceda y Gregorio Bergman, en las variedades del Socialismo. Asimismo tengo presente a figuras respetables del Justicialismo, como Martín Federico, Carlos Berardo, Julio Antún y Carlos Maldonado, junto a varios más.

En ese marco de altos niveles personales e intelectuales se movían la valentía y la militancia infatigable de los valores jóvenes del “viejo, glorioso y perfumado” como en las tradiciones locales se nominaba –al menos en familia-- al Partido Demócrata de Córdoba, y en esa dinámica tengo en la memoria de mis afectos a Samuel “Negro” Sánchez Bretón, Norberto “Nato” Agrelo y a Jorge “La Zorra” Carranza Torres. Este último de estatura apenas mediana, listo para la solidaridad y la polémica, siempre cargado de gran voluntad de lucha.

Por esos días a dicha generación la convocaban las acciones contra “el peronismo”, donde poníamos el acento en las limitaciones a las libertades políticas. Como auténtico militar Perón siempre tenía in mente eso de “las órdenes se cumplen y nada más”; y lo hacía valer para las leyes, decretos y caprichos del mando. Luego nos separó la inter pretación sobre el sentido histórico y sociológico de dicho proceso; pero nunca esa divergencia anuló los lazos de amistad. También en la UCR la grieta impuso (1956) una división profunda (UCRP y UCRI, luego MID), ya que las nuevas tendencias de la reali dad argentina habilitaron una concepción distinta a la precedente; esta vez con el lide razgo de Arturo Frondizi y su programa nacional de “integración y desarrollo”.

No digo más, me conformo con evaluar, sincera y afectuosamente, una etapa fecunda de la vida cívica argentina estando de por medio lo vivido, soportado y gozado de esa política de altura que se dio en Córdoba. Y lo hago mentando a Jorge Carranza Torres, con quien, una y otra vez, nos peleamos y reconciliamos.-

Nota: Se difundió por la agencia Hora25Prensa.com.

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1918.: Los festejos por la paz

Por José Antonio Riesco

--El final de la primera Gran Guerra (1914/18) está hoy con resonantes festejos y conmemoraciones de las que fueron naciones vencedoras, inclusive con asistencia de representaciones de los vencidos.
--“La guerra sólo será justa si prepara una buena paz.” (San Agustín)
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Bien se ha dicho que la guerra iniciada el 28 de julio de 1914 y finalizada con el armisticio del 11 de noviembre de 1918 fue, hasta entonces,  la más cruel de las experiencias bélicas de la Humanidad. Alemania llegó a la contienda con gran capacidad militar e industrial. Pero con una conducción  política sin la garra  de la que, bajo Otto von Bismarck talentoso jefe del Estado y de Helmutt von Molke en el mando militar, le permitió arrollar a sus oponentes del siglo XIX.

En 1914 al frente del Estado se pavoneaba Guillermo II (el Kaiser) y en las decisiones militares Molke “El Joven”. Entre ambos –apenas iniciadas las operaciones--  anularon las virtudes del Plan Schliffen y se embarcaron en una guerra de posiciones en dos frentes. Al oeste contra Francia, Bélgica, Inglaterra e Italia, lue go también Estados Unidos; y al este la potencia de Rusia.

A fines de 1918 el Ejército teutón estaba agotado y se paralizó, sin que en el resultado ejerciera gran influencia el retiró de la guerra, un tiempo antes,  por parte de Rusia, como fruto de un acuerdo de conveniencias entre el mariscal Erich von Ludendorff, jefe del Estado Mayor alemán, y Vladimir Ilich Lenin, líder de la inminente revolución comunista en Rusia. Pese a lo cual el Kaiser no consiguió la victoria y tampoco una paz conveniente. Lenín si aprovechó el acuerdo y girando de su tesis guerrera hizo de la paz con los alemanes la oportunidad para la toma del poder en 1917.

Lo del 11 de noviembre citado llevó directamente a la rendición de Alemania que ingresó en una desastrosa descomposición interna. Entonces, en los primeros  meses de 1919, mientras en Berlín tronaba la crisis definitiva de la monarquía, al mismo tiempo las fuerzas en mayoría del socialismo obrero, divididas y fieramen te enfrentadas, resolvían diferencias con la lucha armada. En tanto los gobier nos vencedores en la guerra discutían los términos de la paz que se impondría a los vencidos.

El presidente Woodrow Wilson (USA) predicaba por un acuerdo equilibrado, aunque ni Francia ni Inglaterra aceptaban menos que una rendición incondicional y el pago de costosas indemnizaciones por el vencido. La delegación francesa, presidida por el legendario Georges Clemenceau fue la más intransigente en las condiciones y reclamos, a lo cual finalmente se plegó Londres. De su parte el norteamericano Wilson no tuvo, para nada, base para su proyecto de un acuerdo más ecuánime. Italia, partícipe en la guerra a favor de los aliados, salió del acuerdo con las manos vacías pese a que era notorio el sacrificio que le costó   cada batalla. Japón logro dos islas que aún se discuten.

Cuando se fijaron las indemnizaciones en dinero (132.000 millones de marcos oro: o 6 mil millones de libras)), más el desmantelamiento de empresas indus triales, fue cuando los vencedores mostraron mayor avidez, junto a la manifiesta voluntad de reducir al máximo el papel económico de Alemania en el mercado internacional. El economista inglés, John Maynard Keynes, advirtió sin tapujos sobre las consecuencias que para la paz futura tendrían esas condiciones tan drásticas. A diferencia de los políticos, el economista en 1919 vio con claridad que la siembra no era para la paz sino para otra guerra.

No otra dirección, en sentido objetivo, tuvo el acuerdo de paz que, finalmente, conformaron los vencidos. El llamado Tratado de Versalles. Los historiadores han recogido algunos rubros puntuales:

“-Inglaterra obtuvo reparación por su tonelaje hundido y recibió barcos mercantes. Los belgas comenzaron a cobrar en ganado. Francia –junto a recuperar Alsacia-Lorena-- recibió de Alemania 5000 locomotoras, 150 mil vagones de ferrocarril, 10.000 camiones y 140.000 vacas de leche”. Sobre el monto en dinero ya citado, “Keynes calculaba que lo más que Alemania podría pagar serían 2 mil millones de libras” (cf. Ramos Oliveira; t. 1, p. 338).

Las consecuencias económicas, sociales y políticas de la aplicación del Tratado de Versalles pronto mostraron los dientes y las uñas. Recesión industrial, inflación galopante y desocupación masiva. Antes de un lustro desde el alto capitalismo (USA) la dirigencia reaccionó por que los efectos del desastre dañaban el mercado mundial y peligraba la estabilidad política del continente.  

Para ello se estableció  el llamado Plan Dawes asistido financieramente por Washington. Fue una inyección de vida para la sociedad alemana. En 1928 su potencia industrial estaba en macha, pero el mercado internacional seguía con los obstáculos anteriores. “-Una cosa es producir y otra vender” se lamentó el empresario Krupp tanto como una denuncia cuanto advertencia. Ese mismo año un grupo de grandes empresas arregló con Hitler el financiamiento de una cadena de radios en todo el país. La ponzoña de Versalles daba sus frutos.

Hoy, nadie podría reivindicar la paranoia ideológica con que, --pocos años más tarde-- el nacionalsocialismo se convirtió en un gobierno de  poderes absolutos, saturado de odio y racismo. Por contraste, empero, en 1945, tuvo pleno sentido aquello de que la victoria no da derechos más allá de lo necesario, y aunque no todo fue para aplaudir. No olvidarse, por ejemplo, el bombardeo atómico sobre  dos ciudades japonesas cuando ya Japón estaba vencido; tampoco haber deja do bajo la tiranía soviética a las naciones cristianas del Este europeo.

Vale, empero, preguntarse sobre qué legitimidad tiene el festejo de lo ocurrido  en 1918 atendiendo a los hechos de esos años, antes y con motivo del Tratado de Versalles. ¿El pacto entre Lenín y Ludendorff, el primero fundador del totalitarismo comunista, y el segundo futuro socio de Hitler para crear el Partido Nazi…? ¿La conversión de la economía del vencido en un cementerio de fábri cas, campos y servicios, con millones de víctimas, huérfanos, mutilados, desocupados y muertos de hambre..? ¿La instauración durante largos años de la más impresionante inflación financiera..? ¿El imponer a Alemania una larga década de impotencia para tener un espacio justo y suficiente en el mercado internacional..? ¿Haber hecho de la historia próxima la partera del nazismo..?-
-c ita; A. Ramos Oliveira: Historia Social y Política de Alemania (México, 1964)..

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