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 - Atalaya -



 

 

Disparen contra Durán Barba
Por José Antonio Riesco
Instituto de Teoría del Estado
-“Las ciencias formales (lógica y matemática) son las que están compuestas por proposiciones analíticas (oraciones o enunciados que afirman o niegan algo del mundo de los entes ideales o formales, cuyo conocimiento es “a priori”. (E. Glavich)
-“Para justificar la verdad de sus proposiciones las ciencias formales no necesitan de la experiencia, a la realidad sensible, a lo ”a posteriori”, como las ciencias fácticas que se ocupan del mundo de los hechos naturales y sociales”.(idem)
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Se publicó en Infobae (8.Ag.219) una nota que firma Silvia Mercado donde se revisan los aspectos principales de la contribución que hizo, para las PASOS, el experto en estudios de mercado, Jaime Durán Barba y sus asociados principales. Se trata  de un enjuiciamiento muy serio de la aplicación del “método científico” a los resultados de los comicios de dicha fecha y que   
se refiere a una cuestión de actualidad: “Por qué falló el método científico de Jaime Durán Barba..!”.
Las encuestas no son una novedad en la experiencia político-electoral de este país. Están las de ”boca de urna”, las que dictaminan resultados con anterioridad a los comicios y también las que se realizan para una interpretación pos-de aquéllos. Es uno de los campos donde hace su aporte la matemática, y que en ciertos casos exhiben un verdadero rigor en el tratamiento de los datos.
Están a cargo de especialistas que las programan con profesionalidad,  haciendo uso de medios de información y comunicación modernos y seguros. Hay empresas que, si logran éxito, se enorgullecen de usar y aplicar métodos científicos acoplados a la publicidad.  Y no faltan quienes se jactan de igualar “la venta de un candidato con la de una heladera”.
Las encuestas no son monopolio de un área de la vida socio-cultural como es ”la política”; también sirven a las necesidades de la educación, el comercio, los servicios financieros, etc. Suelen realizarse en estrecho vínculo con las campañas de publicidad y éstas se regulan --sobre todo por el costo de la faena--- en sucesivas “mediciones”. Esto último se debe a que, fijado un punto terminal en el tiempo (un semestre, un mes, una semana), la tarea se dá ligada al campo de la realidad pertinente y al monto de la inversión. 
El uso de operaciones matemáticas confiere máxima prolijidad y seguridad, de ahí el prestigio de los expertos y de las empresas que integran. Ocurre, a todo esto, que la matemática --al menos las de la modernidad--  es una ciencia “formal”, opera, como dominantes, con “proposiciones” y solo relativamente con los datos empíricos que brinda la realidad. De ahí su precisión lógica  y, a la vez, su limitación si se trata de indagar la vida política en una sociedad de estructuración no sólida ni sostenida.
Máxime donde la conducta de los miembros del conjunto muestra un dinamismo “anómico”, con escasa práctica de disciplina social. Algo que afecta a los principales sectores socioeconómicos, de diversas escalas; y cuyo déficit está presente en las “clases” de la base social, en las del medio y las de arriba. Tal cual lo estableció la encuesta Hernández-Zobatto-Fidanza con plena y actualizada vigencia. (v. Eudeba y Poliaquía).
Ocurre que la encuesta con “método científico), incluso reiterando una y otra vez la tarea  de captación de datos, tiene el problema de que, aún con el mejor rigor lógico-matemático, no trabaja con “entes ideales” sino con procesos cargados de vitalidad socio-política. Y con variaciones entre los sujetos-electores, y las cosas (casas, vehículos); o sea presionada por las diferencias entre las personas y sus medios.  
De  otro lado,  no cabe desconocer que la actividad del encuestador está expuesta a un campo dinámico, a veces cambiante y/o contradictorio, que suele “no quedarse quieto”. De ahí que la mejor encuesta aporte una parte y la militancia la otra, a veces todo. El resultado luego, en los comicios, puede no resultar fielmente  expresado por el estudio de campo, porque los datos cambiaron y dejaron en la cuneta al mejor esfuerzo cognoscitivo.
Transferirle, pues, al sondeo la responsabilidad principal o total de la percep  ción del proceso objeto de indagación y sus resultados, suele esconder una trampa. Y poco se gana al evaluar este tipo de función si se dejó de cumplimentar la alta cuota de trabajo que corresponde al partido político (a sus propios dirigentes y/o punteros) o al gobernante que encargaron la tarea.
La actividad cívica es una de las dimensiones importantes de la realidad social y no admite, salvo excepciones, que el responsable “político” se refugie en la ingenuidad. O sea en la falsa idea de que con un buen encuestador y una eficaz empresa de publicidad está resuelto el desafío del comicio.
Es cierto como se ha dicho que la derrota tiene su causa -entre otras- en “la falta de calle”. Ya que el político militante, si es tal, tiene que caminar la calle una y otra vez, que es caminar el mundo de los votantes, de los conflictos y apetitos que hacen el alboroto de la acción política. Acaso porque por esa ruta desarrolla la “intuición”, una modalidad de la percepción que no sustituye al conocimiento metódico, pero  le abre camino, lo enriquece. y de paso lo enjuicia.
L a intuicion es una conexión no formal sino directa entre el perceptor y el campo de la actividad. No sustituye al conocimiento metódico pero hace a las competencias del político “en acción”. -
Referencias: Las Ciencia Formales; Bs. As. 1996, Eudeba, Eduardo E. Glavich y otros, pág. 19 y sgtes.- -- -Teoría del Conocimiento: J. Hessen;  p. 106; México, 1990.-

 
           

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Populismo: lo que no previó Saénz Peña

Por José Antonio Riesco
Instituto de Teoría del Estado
La palabra “populismo” es común que se aplique a las políticas (gubernativas o partidarias) que se predican y/o ejecutan violando las reglas de la ética social,   las leyes constitucionales y, también, las de orden económico.

En un  pasado no lejano la palabra “pueblo” refería, de manera dominante a las bases sociales, “al común”; allí la gran mayoría se integraba con la “clase trabajadora”. Las escalas elevadas comenzaban en la clase media y hacia arriba la  alta o “dueña de los medios de producción y de cambio” a la que Marx (1848) identificó como “burguesía”. De lo cual siguen prendidos mentalmente los ideólogos de la izquierda.

Lo del proceso “populista” es, sin embargo,  más amplio; se trata de que los avances socio-económicos del capitalismo --sobre todo los posteriores a la 2da. guerra mundial (1945)-- han ido diluyendo en un creciente  y respetable porcentaje las segregaciones socioeconómicas. En buena parte por obra de la extensión educativa y el ritmo de la industrialización.  Ya en 1965, desde la Sociología de la Industria,  lo describió Ralf Dahrendorf. Un fenómeno, que hoy exhibe notorios avances en la licuación  de la rigidez de la estructura y relaciones de clase. Con sus consecuencias para la “participación socio-política”. El trabajador de hoy no es un pobre hombre que vende barata su fuerza de trabajo.

El progreso afecta la estructura societal y mueve de la ubicación  tradicional a sus diversos “niveles de profundidad” (G. Gurvitch) que tienden a confundirse al menos parcialmente. Y donde ello es suficiente para que se mezclen los valores, comportamientos y hábitos, sin que nada garantice el imperio de lo mejor.

En un primer enfoque  la convocatoria  a los electores se hace motivando a la mayor cantidad de votantes,  lejos y por encima de la condición de “ciudadanos” que, --en cuanto titulares de un derecho de alta significación jurídica y política--  implica una responsabilidad ligada a la ética social.  O sea un actor que proyectará sus efectos sobre los intereses y valores, materiales y morales,  de “muchos otros”.

Ocurre su crisis cuando se lo hace  condicionado por el efecto dominante de la publicidad de masas, por el discurso de los demagogos, por el influjo más directo de un puntero, o  algo peor. Y suele no faltar un Gral. Boulanger  (Francia, 1891.) aunque no lleve uniforme.

-Un fenómeno con ese estilo de empatotamiento ocurrió con el derrocamiento de Arturo Frondizi el 29 de marzo de 1962.

Cuando semejante “operativo” logra influir sobre un alto porcentaje de los habitantes de un país o de una gran urbe, la democracia se reconvierte en una trampa. Y es que la suerte del  “pueblo” queda al garete. El sufragio “libre, universal y obligatorio”  (Ley 8871 de 1912) se sancionó para superar el dominio fraudulento de algunas élites  (partidarias, aristocráticas, sindicales) sobre las mayorías. Hoy aparece difundido el vicio de los agrupamientos que en 1915 denunció Robert  de Michels.

Pero las buenas intenciones de la generación de Saénz Peña, con el correr del tiempo, se fueron defraudando cuando los partidos políticos, encargados de organizar la participación democrática, fueron perdiendo su función “representativa”. Por motivos que están en la historia, los partidos logran más o menos votos en los comicios, aunque sus representados  (los afiliados y simpatizantes) dejan de tener presencia en las decisiones pertinentes. En especial cuando se trata de establecer la nómina de candidatos. O sea quienes, si tienen suerte, resultarán electos y van a ocupar los cargos públicos. Y de paso alguna jubilación de privilegio. 

Hay causas y razones poderosas que, en cierta medida explican o justifican las dificultades para que los dirigentes cumplimenten las normas de la “carta orgánica” de las agrupaciones. Pese a que el art. 38 de la CN confiere a los partidos el monopolio para presentar candidatos.  Hay asimismo cambios importantes en la acción pre-electoral, como es la presencia y acción dominante de la publicidad en la conexión que se da entre las dirigencias políticas y la masa de electores .

“-Los “medios” masivos se hallan organizados para lograr que la comunicación fluya en una determinada dirección y la relación entre la emisión y la recepción por parte del público es muy grande.” (Larsen, 1964 - D. McQuail, p. 23).

Se trata de un poderoso protagonista de la vida política cuyo costo suele ser muy alto. Un elemento del sistema político que se combina con la acción de la televisión, la radiotelefonía y el innegable influjo de la prensa. No es exagerado decir que, entre los protagonistas de la democracia, al individuo  (supuesto beneficiario de la ley 8871 - art. 5) le queda sólo el papel que cumple el día del comicio como votante.

Se supone que el “cuarto obscuro” protege su libertad, pero, en muchos casos, ese poder de decisión ya llega licuado por la incidencia de los factores  antes anotados. Entonces, dejando de lado las fabulaciones de la teoría ante dichas realidades, la pretensiosa  mención del “pueblo” queda muy debilitada, al menos como el actor “libre y soberano” de la democracia. En la realidad asoma eso del “populismo”, donde el orgulloso ciudadano ya no es lo que quiso Saénz Peña.

Cabe agregar que --sujetos activos de la política-- están los “grupos de presión”  con efectiva disponibilidad de recursos financieros para la conquista de aliados y ejercer influencia sobre los medios electoralmente  efectivos, privados y oficiales. “Poderoso señor es don Dinero” (Quevedo). Cuando el populismo se adueña de la democracia, de día o de noche todo se vende y todo se compra. Entonces, diría Maquiavelo, el pueblo deviene en “populacho” y la república en un principado de tercera.

Están, asimismo, las estructuras de poder que, sin carta de legalidad, operan como partícipes de los procesos pre-electorales. Son las “corporaciones” donde los caucus empresarios --acaso con sus razones--  seleccionan a los actores de la pugna electoral para “darles una mano”. Por aquello de que al pueblo hay que  ayudarlo a elegir bien; y sin olvidar que en las seudo democracias populistas hay sectores a los que les encanta que les marquen el camino.

Con mayor potencia los grandes aparatos sindicales --o corporaciones “populares”-- se llevan por delante el art. 38 de la CN y, antes que los electores, deciden a favor de qué partido o lista de candidatos volcarán sus recursos económicos e impondrán direccionamiento político a su masa de afiliados. Y nada de díscolos o traidores.    

Referencias:    
-Dahrendorf, Ralf: Sociología de la Industria; México, UTEHA, México, 1965.
-McQuail,Denis:  Sociología de los medios de comunicación; Bs.As. Paidos.
-Capdevila, Inés: Populismo; diario “La Nación” -
-Enriquez,Jorge: Populismo Autoritario; Bs. As.,Notiar,        
 
 

 

 

 

 

          

 

 

 

 

Las  verdades que no elude el Gobierno

Por José Antonio Riesco

Instituto de Teoría del Estado

El “mea culpa” del gobierno  --expresado en un reportaje por Marcos Peña, jefe de gabinete y responsable de la campaña electoral--  tiene la ventaja de que no se rehúyen dos elementos principales para explicar la derrota en las recientes elecciones PASO. (v. La Nación 25.VIII.19: por Santiago Dapelo y Jorge Liotti).

“-1) “No tengo dudas de que faltó más territorio, faltó más calle, más militancia de todos, volver a las fuentes", dice, autocrítico, el jefe de Gabinete. 2) “Tuvimos un desgaste muy grande que se genera por muchos meses de recesión, caída del salario real y el desgaste que eso produce en los votantes, eso fue parte de los desafíos”.

Semejante sinceridad no es común en quienes han ejercido cargos relevantes en la política y en los gobiernos. Máxime cuando los diarios de mayor relevancia en Europa y USA acaban de castigar severamente la gestión del “macrismo”, en especial en el campo de la economía.  “The Economist”  ha golpeado muy duro con una cáustica referencia (“cocineros”) a la calidad técnica del equipo que trabajó bajo la dirección del Ing. Macri.

Acaso por eso hay que valorar la lealtad de admirables multitudes que el 24 de este mes de agosto, llenaron las plazas de los principales centros urbanos del país. A cuyo acontecimiento no lo califica la adhesión a un partido sino el reclamo para sostener las instituciones de la República ante el riesgo de la recaída en el experimento “populista” de años anteriores. 

“Faltó calle” ha dicho el señor Peña y la frase resume la actitud de prescindencia
del equipo oficial --largamente-- con respecto a la condición humana y social de la realidad argentina. Se olvidó a un costo tremendo que se gobierna para un pueblo y que a éste lo integran los socios de la Unión Industrial tanto como los que viven en una villa miseria.

Se olvidó que los miembros de los estratos de arriba, en una sociedad abierta, tanto como los de la base social, a la hora del comicio democrático, disponen de un voto cada uno y nada más. En la democracia la decisión es de la mayoría y no de los taumaturgos.

Pero, además, no se tuvo en cuenta que parte de la fórmula  aplicada fue tolerar e incluso apañar --con una actitud infantil y caprichosa--  el resurgimiento de la dirigencia opositora. Esa que había operado el poder del Estado con hechos suficientes para residir en el Código Penal. Fue, a no dudarlo, de parte del gobierno, una manera de ignorar o menospreciar lo que había sido y seguía siendo  la auténtica relación de fuerzas que explotó en las PASO.

Aunque el costoso déficit de “calle y militancia” que reconoce el Sr. Peña tuvo prioridad, no menos digno de tener en cuenta, fue el ciclo de recesión a que se sometió la economía. Y que llevó a un severo “ajuste” para los ingresos de la población. Una circunstancia que no pudo curarla el apoyo del FMI, y que advirtió de la imperiosa necesidad de contar, al menos, con el asesoramiento de uno o más de los expertos en economía de que dispone la sociedad nacional. Algo que requirió una decisión política en el nivel más alto, y debió hacerse a tiempo y no en el velorio. -
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Lo que le pasó al Gobierno
Por José Antonio Riesco
Instituto de Teoría del Estado

Pese al jolgorio de Cristina, Alberto Fernández y sus asociados, sin excluir el estado de angustia e incredulidad del Pte. Macri y su corte de señoritos, el resultado de los comicios -al margen de los porcentajes que dio el escrutinio- era perfectamente previsible desde muchos días antes. Ahora hay que leer el significado de las cifras dijo con su habitual seriedad la gobernadora M. E. Vidal.

Claro que antes de dichas “cifras” --o lo que prometía el escenario socioeconómico desde que el Presidente, en enero de 2019, reconoció que su gestión económica había sido “equivocada”, más  el endeudamiento con el FMI y el ingreso en una política económica a pleno y duro “ajuste”--, era presumible que los sectores de la base social y parte de la clase media soportarían una creciente y notoria caida de su nivel de vida. Hubo, también, una visible recesión de la actividad comercial y ciertos rubros productivos.

Tales medidas y sus efectos socioeconómicos como una inundación penetraron en la percepción de la situación política por la comunidad en general, y en los sectores de base especialmente. Sobre ello se lanzaron los centros de militancia opositora. Los de acción política manifiesta (partidos, gobernadores y legisladores kirchneristas, agrupaciones de izquierda, entidades universitarias y religiosas, etc..) Y de modo fundamental los cientos, acaso miles de “punteros”  que operan en las barriadas populares. Ponen su eficacia al servicio de las agrupaciones y candidaturas de su preferencia ideológica o financiera.

El gobierno se mostró reiteradamente como extraño a la política tradicional y decidido a superar los vicios y corruptelas del pasado. Pero se le fue la mano en cosas importantes. Demoró demasiado en la incorporación de políticos a sus posiciones de conducción y donde había algunos valores: Frigerio, Vidal, Bullrrich, etc. El ingreso del senador  Pichetto debió ser un año antes. Inclusive no reaccionó con la contundencia debida a las agresiones contra el Presidente. Con olvido que el ejercicio, legal y eficaz, de la autoridad es uno de los elementos que generan consenso. En la vida política las masas no aman lo que no respetan.

El porcentaje de votos logrado por Juntos por el Cambio indicó que en el país existe una porción destacada de ciudadanos que valoran la gestión del gobierno. No fue, empero, suficiente. Acaso porque la democracia es un régimen donde finalmente “manda” la mayoría y no queda otro camino que apostar a ella. En la Argentina, como en otros países, la mayoría es lo que política y sociológicamente cuenta por lo menos de la mitad de la clase media hacia abajo. Salvo situaciones de empate, como se dio en 1915, donde las diferencias se repartieron muy cercanas una de otra. Macri ganó apenas con el 2,3% o algo parecido. Pero cuando creció bien en las “legislativas” no pareció entender el mensaje de la realidad sociopolítica. Lo dominó la soberbia o la ingenuidad..?

En 1945 hubo elecciones en Inglaterra y   el conductor de la victoria en la guerra, Winston Churchill, se fue a su casa. Los laboristas gobernaron entonces hasta 1950. En ese lapso los conservadores revisaron su relación con la sociedad y prometieron 300 mil viviendas para sectores populares, y de paso elevaron a dirigentes “no aristocráticos” a la dirección partidaria. Lo hicieron a tiempo, y en 1950 volvieron al poder, segunda gestión de Churchil en que se cumplió lo prometido. Acaso porque a Churchill no se le ocurrió que para aprender algo de política hay que leer “El Principito”.

No se puede ignorar que el gobierno Macri ha privilegiado el plan de obras públicas, esas que son valiosas y están a la vista; hacen al futuro nacional.. Pero, acaso por desprevenido, se olvidó de atender aquello que es campo explotable por las fuerzas del “populismo demagógico” y que es, sin embargo, ineludible tener en cuenta. Dejarlo a gusto del adversario, fue propio de un régimen privado del sentido político que no se compensa con que el Presidente circule cándidamente “sin corbata”.   Me refiero a la repercusión del estado global de la economía (el ajuste duro) en la situación de las bases sociales y parte de la clase media, máxime si las urnas están a la vista.

Sin dudar de la limpieza de procedimientos --ni de la honestidad de sus colaboradores-- no estaría mal que algún allegado de confianza y en privado le diga: “Presidente, esta es la Argentina, no es Suiza ni Noruega ni Japón.” Y para A. Fernández: “Don Alberto, la Argentina sin el mundo, ni con bromas.”

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El sentido ético del sufragio

Por José Antonio Riesco

Instituto de Teoría del Estado

-“La vida humana es cultural y moral, precisamente porque es una vida social. En el caso de la especie humana, la cooperación y otras necesidades de la vida social no son una consecuencia automática de los instintos, como ocurre entre las abejas y las hormigas.” (Clyde Kluckhohn)
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Cuando en 1912 --ya muy enfermo--  el presidente Roque Saénz Peña anunció al país que se había sancionado la Ley 8871 para regir los procesos electorales, no hay dudas que entre el Congreso y el Poder Ejecutivo se había dado una coincidencia histórica. Con esa normativa se cerró un largo ciclo de irregularidades tanto en el ejercicio del derecho a votar de los argentinos, cuanto en lo atinente a los procedimientos administrativos y judiciales vinculados a esa problemática.

En una nota anterior (Sepa el pueblo votar..!) hicimos referencia al carácter “individual” del sufragio como derecho de los ciudadanos acorde a la ley citada y, sobre todo, según la Constitución: art. 37 y sus concordantes: “El sufragio es universal, igual, secreto y obligatorio”.  Consecuente, la ley 8871 así lo establece: “el sufragio es individual” (art. 5).

“-La cultura es el soporte social de la calidad política de un pueblo. Elaborada por las tradiciones,  avanza por el nivel mental de su dirigencia.” --“La moral no es moralina, ni la ciencia es beatería.” (J. Caunedo)

Un amigo me corrigió diciendo que el voto es “un acto social” y no meramente individual. Lo cual no agrega ni quita nada. La sociabilidad es uno de los atributos principales de la mujer y el hombre, y en función de su ejercicio el ser humano deviene algo más y mejor que un ente biológico.  De su parte las ciencias sociales consideran al hombre como producto y productor de la sociedad, por su condición de poseedor de un psiquismo y así establecer relaciones “con otros” que son algo más --a veces mucho más-- que conexiones físicas. Y al psiquismo lo poseen los individuos.
 
Cuando la ley le reconoce el derecho de votar para  que el grupo humano tenga un gobierno, no le está asignando un privilegio como antes de 1789 en que la nobleza revestía, aún siendo minoría, una jerarquía política y económica que no cabía en la existencia de la amplia mayoría (los “súbditos”) de la población. Ese régimen cedió cuando el  proceso de las revoluciones “”liberal-burguesas”  lo hizo estallar por motivaciones, junto a otras, comerciales y/o religiosas.  

Un fenómeno progresivo que llevó largo tiempo en su maduración.  Hasta bien avanzado el siglo XIX millones de individuos debieron esperar para que se reconvirtieran en “ciudadanos”, o sea lo que el diccionario califica como “miembros de un Estado sujetos de ciertos derechos y deberes”.

“-En el debate por la reforma parlamentaria (Londres, 1832) Macaulay le advirtió a la alta nobleza que la resistía: “-No hagamos como los franceses que no toleraron a Turgot y su reforma financiera, y tuvieron seguidamente que aguantarlo a Robespierre.”

Fue, a no dudarlo, un cambio sustancial en la condición socio-política de las mayorías, y que habilitó las formas de participación con el ejercicio del voto y seguidamente en la constitución de agrupaciones (partidos y logias) dirigidas a terciar en las relaciones del poder político con la sociedad. Un fenómeno que se puso a prueba al confrontar con las transformaciones positivas que fue realizando la propia clase dominante.

“-Después de Maquiavelo es  insensato confundir la política con la moral. Pero una dirigencia sin un buen nivel ético lleva la sociedad  a la condición de rebaño o algo peor. Se ha dicho bien que, por algo así,  el nazismo se apoderó del pueblo más culto de Europa.”

Ahora, el individuo como protagonista de la vida política, al acceder a la categoría democrática de ciudadano, no solo califica como dueño del voto sino que, a la vez, se lo reconoce como el actor básico del destino político de la sociedad. El mero individuo existió siempre aunque sin esa competencia fundamental. El paso de uno a otro implicó algo así como un “salto cualitativo” que interrumpió un recorrido de muchos siglos. De ente pasivo, mero espectador y objeto, del sistema de poder, cruzó la valla de la historia y se transfiguró, en el autor y actor de lo que es básico en la vida política. A destruirlo como tal se ocupan los tiranos y demagogos, incluso fuertemente ayudados con ciertos modos de la tecnología comunicacional.

No cabe olvidar que la condición de individuo no implica aislamiento o ruptura con la sociabilidad.  La unción del ciudadano -titular jurídico y político del sufragio--  se ejerce como una responsabilidad. Su participación en el régimen democrático extiende sus efectos en los derechos e intereses de la estructura societal. Proyecta consecuencias en aquello que los clásicos llamaron “el bien común”. Lo hace para bien o para mal. De ahí la vocación moral de su responsabilidad.-
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